Cómo contar la historia de Mario
O sobre por qué cada vez que vaya a la carnicería del pueblo, o vea pasar un Fiat Panda rojo por la calle, voy a acordarme de Mario.
Ese sábado a la mañana estábamos en la carnicería del pueblo. Y como cada sábado a la mañana que seguíamos la misma rutina, sabíamos que teniamos al menos media hora de cola. Mientras esperábamos que llamaran a nuestro número, entró un señor y cada cliente se giró para saludarlo: “Ciao, Mario”, “Mario, come stai?”, “Oh, Mario, che bello rivederti!”. Una de las clientas que estaba en la cola como nosotros, hasta le dijo al carnicero que lo atendiera a Mario, que pasara por delante de todos. Mario negó la petición y se quedó esperando con su numerito de papel triangular en la mano, charlando con una persona y con otra.
Con mi chico nos miramos. Le pregunté en voz baja si lo conocía; me dijo que no, pero que nuestro objetivo para los próximos meses sería hacernos amigos de Mario, la celebridad del pueblo.
Soy Francina Ag, una argentina perdida (o encontrada) por el mundo. Hago Cómo Connect, una newsletter que tiene más de “letter” que de “news”. Cada miércoles escribo sobre mi experiencia viviendo en distintos países: a veces vuelvo al pasado de mis años en Francia o en Canadá, y otras veces puedo contarte sobre mi presente italiano. No pretendo enseñarte nada, sino mostrarte cómo me siento yo viviendo una vida semi-nómade e intercultural. Si querés recibir mis “letters” cada semana, es por acá y es gratis:
El famoso Mario
No sabíamos si sería un estilo de capo mafioso, aunque la cara de bueno no encajaba muy bien con ese perfil. Mi chico más o menos conoce a la gente del lugar, y no lo reconocía ni como un antiguo intendente, ni empleado de algún bar de la zona. No teníamos ni idea de quién era Mario, de dónde había salido, pero para sentirnos parte del pueblo teníamos que conocerlo mejor, y la próxima vez que lo encontráramos en la cola en la carnicería, queríamos saludarlo nosotros también.
A partir de aquel sábado a la mañana, cada vez que cruzábamos a Mario por la calle, lo saludábamos. Al principio, este señor nos miraba con el ceño fruncido, tratando de enfocar mejor la vista para ver si podía distinguir quiénes eran estos dos locos que lo saludaban. Con el tiempo, se rindió y empezó a devolvernos el saludo. Lo veíamos pasar en su Panda rojo y levantábamos la mano para saludarlo.
Un día que yo iba en auto, lo vi caminando con un perrito chiquito y viejo. Me cayó mejor Mario al saber que él también sacaba a pasear a su perro. Nos saludamos con sonrisas levantando la mano. Otro día yo estaba cargando nafta y vi llegar un Panda rojo. Se me aceleró el ritmo cardíaco; no quería que me preguntara quién era ni por qué lo saludaba, porque con mi italiano tan precario no iba a poder explicarle bien la situación. Cuando terminé de seleccionar la manguera de nafta, me puse nerviosa y usé una expresión en inglés traducida al italiano: puoi andare (traducción literal de: you can go). Mario puso una mirada perdida (con toda la razón, eso no significa nada coherente en italiano); me miró sin decir nada —tal vez ahora que me veía de cerca trataba de descifrar de dónde me conocería, o se preguntaría por qué yo lo saludaba, o simplemente trataba de entender lo que esta extranjera quería decirle—. Le indiqué con la mano que la máquina estaba libre y que él podía usarla. Cargué nafta rápido y me fui saludándolo con una sonrisa tímida.
Días más tarde, mi chico llegó a casa contentísimo del paseo con la perra: no sabés lo que pasó, me dijo, iba caminando y escuché un bocinazo; cuando me giré vi a Mario en su auto que me saludaba. Festejamos, lo habíamos logrado: ahora éramos conocidos de Mario nosotros también.
Hibernación
Por unas semanas no lo vimos. Mi chico empezó a preocuparse, pensando que podría estar enfermo. Yo lo convencí de que no pasaba nada. Seguro está hibernando, le dije, como el resto de las personas ancianas del pueblo. Me lo imaginaba a Mario en su casa, todo calentinto, casi como un oso, cubierto de frazadas, con medias de lana gruesas y hasta una bufanda roja y verde tejida a mano. En mi mente lo veía sentado al lado de su estufa a leña, con el perrito a sus pies.
Hasta que un domingo, aburrida en casa, pasé las imágenes de los estados de mis contactos de Whatsapp y apareció una foto de Mario en la historia de mi peluquera. Tenía un sticker de una paloma blanca volando y otro de un corazón roto. Inmediatamente le mandé una captura de pantalla a mi chico y busqué noticias del pueblo en internet.
El panadero más simpático
Mario no sufrió. No estaba enfermo. Después del accidente, nos dejó a los pocos minutos o tal vez solo segundos.
Unos días más tarde pasé por el lugar y vi una bandera artesanal que pide la colocación de un semáforo en el exacto punto de la ruta donde ocurrió el accidente.
Leyendo las noticias, descubrí que Mario había sido el panadero del forno del pueblo pegado al mío. Había trabajado toda su vida amasando el pan y la focaccia más conocida de la zona. Vivía a cincuenta metros de la panadería y hacía unos dos años que se había jubilado.
Pasó una semana y con mi chico no encontrábamos ningún cartel que informara del día del funeral (en Italia ponen estos anuncios en carteleras ubicadas en sectores tácticos: afuera de la iglesia, al lado del parque de perros, en la plaza del pueblo). Mirábamos los afiches todos los días y pensábamos que nos habíamos perdido su despedida. Pero el sábado encontramos su cartel y anoté en mi calendario: Martes 10am Mario.
Me organicé las tareas de la mañana para tener esa hora libre. Me vestí de negro y caminé los cinco minutos hasta la iglesia. A pocos metros de casa ya empecé a ver autos estacionados. Los parkings de la iglesia y el cementerio de al lado estaban llenos. La gente empezó a dejar su auto en cualquier rincón que encontraba. Ni para los recitales que organiza el pueblo en el verano vi tanta concentración de gente. Vi al mozo que me sirvió el domingo en el restaurante, a la veterinaria de mi perra, al carnicero, a la cocinera de la trattoria de dos pueblos más allá, y tanta otra gente. No entrábamos en la iglesia, cerca de la mitad de las personas quedaron afuera. Todos queríamos despedirnos de Mario, el panadero, amigo, conocido, familiar, cliente, vecino más simpático.
Conclusión no tan conclusiva
Me quedo con pocas de las palabras que dijo el prete durante la misa: hay que vivir cada día como si fuera “il primo, l’unico e l’ultimo”.



Que bella historia trajiste hoy, muy emotiva. También lindo conocer las costumbres de otros lugares para despedir a las personas, gracias.
Hermoso y emotivo relato. No sé por qué, en cuanto nombraste a Mario, me acordé de la panadería, que las veces que fui me atendió la Sra. Pero un día El estaba en la cuadra, y ella le consulto por algo que pedí.
Me hiciste ver como logro hacerse querer por todo el pueblo, ha sido, además de un excelente panadero, una mejor persona.
Aporte mi sonrisa a su recuerdo