Cómo elegir entre pasta o pollo
O sobre mis problemas para organizar un viaje tan lindo.
Estaba tan metida en la organización del viaje que la noche antes, cuando no podía dormir por los nervios, por el miedo de que pasara algo en la autopista mientras bajábamos a Génova, o que después el tren tuviera problemas llegando a Roma, o que a la compañía aérea se le ocurriera hacer paro justo el día del vuelo, que hasta el más mínimo detalle ocupaba mi mente. ¿Sería mejor elegir una pasta blanda por estar recalentada en esas bandejitas de aluminio, o sería menos riesgoso el pollo aunque esté seco o con una salsa sin gusto?
No me acuerdo si años atrás me gustaba más viajar y entonces sufría menos de la organización. O si en realidad es que ahora, que ya viajé bastante, me pesa más la organización que las ganas de hacer un viaje. Otra cosa que estuve pensando últimamente es que al vivir una vida más lenta, al pasar más tiempo en la naturaleza, al vivir una vida con una rutina que disfruto y de la que no tengo que escapar, me cuesta más alejarme de casa. Siento también un poco de (bastante) culpa por la huella de CO2 que dejo en el planeta cada vez que tomo un avión, y por todo el plástico que tiro a la basura mientras hago turismo y compro botellitas de agua fresca, y por ir a hoteles y no usar del todo los jabones, que seguro van a terminar en la basura, y por tantas otras pequeñas cosas que no haría en mi vida cotidiana. El pre de un viaje se termina convirtiendo en una tortura para mí.
Cambia todo cambia
Antes viajaba cada año a Argentina, ni lo dudaba. Meses antes compraba el pasaje, organizaba cuántos días serían para mis papás y el resto de la familia, y cuántos para mis amigas. Pero desde la pandemia la cosa cambió, que, oh casualidad, fue justo cuando también cambié mi estilo de vida. Desde ese momento en el que los viajes estaban prohibidos, me di cuenta de que podía sobrevivir sin viajar.
Empecé a comprar los pasajes cada vez más cerca de la fecha de viaje, cuando de verdad tenía necesidad de volver y cuando sentía que estaba en el mood para hacerlo. También dejé de organizar un calendario estricto de mis días en Argentina y me dejé llevar por las ganas del momento. Ahora, en este viaje en el que la noche anterior quería decidir si iba a elegir pasta o pollo cuando la azafata me lo preguntara (¿me hablaría en español o en italiano?), tenía un nivel más de complicación: viajar con mi chico italiano.
No sos vos, soy yo
Al principio él me dijo que esta vez le gustaría ir a conocer el sur argentino. Le dije que iba a ser caro, que era un viaje difícil, que teníamos que tomar otro avión, que íbamos a tener que alquilar un auto, y llevar ropa para todas las estaciones, y las zapatillas de trekking, porque no podíamos pasar por Bariloche sin subir a la Laguna Negra, o ir a El Bolsón sin hacer El Cajón del Azul. Cada vez que yo le tiraba una traba para convencerlo de que era difícil hacerlo, él se entusiasmaba más con el plan. Le gustaba la idea de conocer las montañas argentinas, y los lagos tan lindos, y manejar por esas rutas tan panorámicas. Yo le decía que ir a Mar del Plata sería un plan mucho más fácil, pero no pude convencerlo. Viviendo tan cerca de las playas de Liguria, no le entusiasmaba la idea de visitar un mar color marrón y frío —ni siquiera pude convencerlo diciéndole que iba a probar los mejores churros con dulce de leche y los cornalitos más ricos—.
Faltaban dos semanas para el viaje y mi mamá me seguía preguntando cuándo llegaríamos a Junín. Terminamos empujando la organización hasta último momento. Al final, terminé confesándole a mi chico que una gran parte de por qué me costaba organizar tanto la parte turística del viaje es porque, para mí, ir a Argentina es ir a ver a mi gente. Cada día que paso haciendo turismo, es un día menos que los veo a ellos.
Escribo este artículo desde Colonia de Sacramento, Uruguay, a pocos días de volver a cruzar el Río de la Plata y viajar hasta Junín. Antes de sentarme a escribir, recorrí la ciudad, transpiré del calor y me relajé en el hidromasaje de la pileta climatizada.
Conclusión no tan conclusiva
Al final, no pasó nada en la autopista, el tren anunció un retraso de diez minutos a mitad del viaje pero terminó llegando a horario, tuvimos tiempo de caminar por Roma y visitar el Coliseo romano (que, según mi chico, ¡se llama Anfiteatro Flavio!), y a la noche nos subimos al avión sin problemas. Estaba tan cansada del viaje de todo el día, o tan relajada después de tanto estrés, que cerré los ojos ya desde el despegue. Al rato escuché olor a comida, y la azafata pasó preguntando: ¿carne o pasta? No elegí nada, no tenía hambre, seguí durmiendo hasta aterrizar.



Holaaaa que lindo que falta poquito para que cruces ahora el Río de la Plata. Mirá tengo la solución para que puedan hacer todo : familia y conocer el sur. Simplemente tienen que venir por mínimo un mes, jjajajaja. Besotes
Quizás si le decías de ir a tomar un helado a la heladería Italia que está cerquita de la Mitre lo convencías. Ja.